Historias Íntimas

Narrativas Prohibidas

Fragmento de Delta de Venus

Sus labios se deslizan por mi cuello, descendiendo con una languidez que enciende cada fibra de mi ser. Su lengua explora cada rincón, cada curva, provocando un ardor que se extiende como un incendio. Cada caricia se convierte en una llama que aviva el deseo, mientras nuestras respiraciones se entrelazan en una danza de puro placer…

Erótica Visual y Literaria

El fuego de tu amor

El sexo que me das es un ritual de fuego,
encarnación de un dios que avanza entre mi cuerpo,
y me prende el corazón y las venas,
que canta un himno dulce de amor y gozo.

Cuando tú me tocas, me transformo en llama,
y todo mi ser se consume en un delirio
que nos lleva a las cumbres del deseo,
donde nos fundimos en una pasión sin fin.

Cada caricia es una explosión de luz,
cada beso un incendio que arrasa mis miedos,
y en tu abrazo, encuentro el universo
que se despliega en un juego de llamas y susurros.

Tu amor es un fuego eterno,
que me purifica y me eleva,
y en su ardor encuentro la plenitud,
la revelación de un éxtasis profundo y sublime.

El fuego del amor

Arde el deseo entre tus manos,
quemándome, desnudándome,
en el vaivén de tu cuerpo
encuentro el paraíso perdido.

Relato

Deseo y Desafío

Desde hace unos meses, cada lunes en el gimnasio se había convertido en un ritual de tensión sexual entre mis compañeros de entrenamiento y yo. Esa mañana, el gimnasio estaba casi vacío, con solo un par de personas trabajando en sus rutinas. El aire estaba cargado de una mezcla de sudor y deseo.

Luis y yo siempre habíamos tenido una especie de competencia amigable. Nos conocimos hace un año en el gimnasio y, desde entonces, nos empujábamos mutuamente a levantar más peso, a correr más rápido, a ser mejores. Pero últimamente, nuestras sesiones de entrenamiento se habían vuelto más intensas y cargadas de una energía diferente.

Empezamos con nuestra rutina habitual de levantamiento de pesas. Podía sentir sus ojos recorriendo mi cuerpo mientras hacía cada repetición, y yo no podía evitar mirarlo de reojo. Su cuerpo era un ejemplo de perfección esculpida, y su miembro duro era evidente a través de sus pantalones ajustados. Sentí una ola de calor recorrerme al pensar en lo que podría pasar.

Después de la sesión de pesas, nos dirigimos a la zona de estiramiento. Nos sentamos en las colchonetas, uno frente al otro. Mientras estirábamos, nuestras manos se rozaban accidentalmente, y cada contacto enviaba una chispa de electricidad a través de mi cuerpo. La tensión era palpable, y finalmente, sin decir una palabra, Luis se acercó y me besó atrevidamente.
Su lengua exploraba mi boca con un hambre que yo correspondía. Nos movimos a una esquina más discreta del gimnasio, donde las sombras ocultaban nuestros cuerpos unidos. Sentí su miembro duro contra mi muslo, y un gemido escapó de mis labios. Mi propia excitación crecía, y podía sentir mi ropa interior empapada de deseo.

Luis deslizó su mano por mi abdomen, bajando lentamente hasta mi entrepierna. Sus dedos encontraron mi erección, y comenzó a masajearme con movimientos expertos. Mi respiración se aceleró, y comencé a gemir suavemente. La sensación de su mano caliente sobre mi miembro era demasiado para soportar.

Decidimos que el vestuario ofrecería más privacidad. Entramos y nos aseguramos de que no hubiera nadie más. Luis me empujó suavemente contra la pared y se arrodilló frente a mí. Bajó mis pantalones, liberando mi miembro duro, que se levantó al instante. Con un movimiento experto, tomó mi sexo en su boca, lamiendo y chupándolo con una habilidad que me hizo perder la razón.
Mis gemidos resonaban en el vestuario mientras él trabajaba, su lengua jugando con mi pene, sus labios deslizándose arriba y abajo por todo mi miembro. Mi cuerpo temblaba de placer, y cada vez que miraba hacia abajo, ver a Luis disfrutando de mi polla me hacía llevaba más y más al borde de la excitación.

Finalmente, no pude contenerme más y solté un grito ahogado mientras me corría en su boca. Luis lo tomó todo, mirándome con ojos llenos de lujuria. Se levantó y me besó de nuevo, dejándome saborear el rastro de mi propia excitación en sus labios.

Nos quedamos allí, jadeando y abrazados, con una conexión que iba más allá del simple entrenamiento y que se había estado cocinando por mucho tiempo. El gimnasio había sido testigo de nuestro secreto, y sabíamos que, a partir de ese momento, nuestros lunes serían mucho más que una simple sesión de ejercicio.

Escritos a principios de la década de 1940 por encargo de un excéntrico coleccionista de libros que insistía en pedir «menos poesía» y descripciones más explícitas en las escenas sexuales, los relatos de Delta de Venus no vieron la luz hasta los años setenta. Ambientados en torno al París de la época e hilados por la aparición recurrente de personajes comunes de distinta importancia según cada cuento, ofrecen una visión libre de las relaciones humanas, en la que el erotismo y el ansia de placer no excluyen la belleza, el sentimiento, la amistad y la búsqueda de la autenticidad.

Extracto

Delta de Venus

El placer que experimentaba Mathilde acariciando a los hombres era inmenso, y las manos de estos se deslizaban sobre su cuerpo y lo arrullaban de tal manera, tan regularmente, que raras veces la acometía un orgasmo. Sólo adquiría conciencia de ello una vez se habían marchado los hombres. Despertaba de sus sueños causados por el opio, con el cuerpo aún no descansado.

Permanecía acostada limándose las uñas y aplicándose laca en ellas, haciendo su refinada toilette para futuras ocasiones y cepillándose el rubio cabello. Sentada al sol, y utilizando algodón empapado en peróxido, se teñía el vello púbico del mismo color que el cabello.

Abandonada a sí misma, la obsesionaban los recuerdos de las manos sobre su cuerpo. Ahora, bajo su brazo, sentía una que se deslizaba hacia su cintura. Se acordó de Martínez, de su manera de abrirle el sexo como si fuera un capullo, de cómo los aleteos de su rápida lengua cubrían la distancia que mediaba entre el vello púbico y las nalgas, terminando en el hoyuelo al final de la espalda. ¡Cuánto amaba él ese hoyuelo que le impulsaba a seguir con sus dedos y su lengua la curva que se iniciaba más abajo y se desvanecía entre las dos turgentes montañas de carne!

Pensando en Martínez, Mathilde se sintió invadida por la pasión. Y no podía aguantar su regreso. Se miró las piernas. Por haber permanecido demasiado tiempo sin salir, se habían blanqueado de manera muy sugestiva, adquiriendo el tono blanco yeso del cutis de las mujeres chinas, esa mórbida palidez de invernadero que gustaba a los hombres de piel obscura, y en particular a los peruanos. Se miró el vientre, impecable, sin una sola línea fuera de lugar. El vello púbico relucía ahora al sol con reflejos rojos y dorados.

«¿Cómo me ve él?», se preguntó. Se levantó y colocó un largo espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla. Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió lentamente las piernas. La vista resultaba encantadora. El cutis era perfecto, y la vulva rosada y plana. Mathilde pensó que era como la hoja del árbol de la goma, con la secreta leche que la presión del dedo podía hacer brotar y la fragante humedad que evocaba la de las conchas marinas. Así nació Venus del mar, con aquella pizca de miel salada en ella, que sólo las caricias pueden hacer manar de los escondidos recovecos de su cuerpo.

Extracto del cuento Mathilde en «Delta de Venus». Cuentos eróticos. Anaïs Nin. Alianza Editorial.